Aquel día estaba contenta.
Todo le iba bien.
Había comenzado apenas el curso y tenía nuevos alumnos y muchos proyectos para hacer con ellos. Principalmente con una preciosa chica recien llegada del interior Marruecos y que nunca había estado escolarizada a pesar de sus 12 años.
Se encontraba en buena forma física después de un activo verano y estaba ilusionada con su tercer año de árabe. Era un reto difícil, pero no iba a rendirse antes de hora.
Salió antes del trabajo y acudió a la cita con su viejo ginecólogo.
Una rutinaria visita de revisión, como todos los años.
Vestida de papel verde, encima de la camilla y después de la primera exploración, el médico dijo:
- Levanta el brazo-y le palpó la axila y el pecho derecho y después miró en una pantalla unas sombras blancas y negras que ella no entendía.
Con voz grave, le oyó decir:
- Rosa, aqui hay algo.
Pareció no entender bien o no supo qué preguntar.
Dejó que él médico hiciese su trabajo y solo mientras se vestía para salir se dió verdadera cuenta de lo que pasaba.
-¡ No puede ser¡...¡estoy bien¡... ¿por qué a mí?... ¿qué he hecho mal?...
Le pasaron por la mente muchas imágenes vividas hacía apenas unos pocos años por su hermana menor: hospitales, operaciones, pruebas, quimioterapia, cabeza cubierta por pañuelos, fiebres, vómitos, debilidad, lágrimas, tristeza, dolor... Y se sintió incapaz de soportarlo.
Y se sintió incapaz de hacer pasar por todo ello a su familia de nuevo.
Pero, toda la maquinaria médica se puso en marcha para extirpar el núcleo de células alteradas, invasoras, destructoras que crecían en su interior como un parásito feroz capaz de devorar al organismo que lo aloja, aunque ello suponga su propio fin.
Y hoy ya puede recordar.
Y recuerda.